La obra que transformó a Santa Rosa: la historia de los Vicentinos, La Apostólica y La Milagrosa
Juan David Hurtado Bedoya
Algunas instituciones llegan a un pueblo y simplemente se instalan. Otras terminan cambiando para siempre la vida de una comunidad. En Santa Rosa de Cabal ocurrió lo segundo.
A finales del siglo XIX el municipio todavía era una población joven. Habían pasado apenas cincuenta años desde su fundación y las calles seguían teniendo mucho más de camino de montaña que de ciudad organizada. Sin embargo, existía entre sus habitantes una idea muy clara: el futuro del pueblo no podía construirse únicamente con cultivos, comercio y trabajo en el campo; también necesitaba educación.
Precisamente por esos años, muy lejos de Santa Rosa, en Francia, la Congregación Lazarista o Comunidad Vicentina desarrollaba un modelo educativo conocido como Escuelas Apostólicas. Eran centros de formación donde jóvenes recibían educación académica, formación espiritual y orientación vocacional, especialmente para la vida religiosa.
La intención era llevar ese modelo a Colombia.
La misión quedó en manos del Padre Juan Floro Bret, quien comenzó a estudiar posibles lugares para establecer el nuevo proyecto. Primero apareció Cali; luego surgió Villamaría como una alternativa más apropiada por sus características geográficas y climáticas.
El lugar parecía elegido.
Pero la historia tenía otros planes. En el recorrido hacia Villamaría, Bret hizo una parada en Santa Rosa de Cabal. Era una jornada más dentro de su viaje y probablemente nada hacía pensar que aquel descanso cambiaría el rumbo de todo el proyecto.
Durante su estancia conoció al Padre Esmargado López, sacerdote de la población. Al enterarse de la misión que traía el visitante, comprendió rápidamente la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Una institución como aquella podía representar mucho más que un colegio. Significaba traer educación, liderazgo, conocimiento y una presencia religiosa permanente que acompañara el crecimiento del municipio.
El párroco decidió actuar. Pidió al Padre Bret permanecer algunos días más y comenzó a convocar a los habitantes del pueblo. Familias enteras se acercaron para expresar su apoyo y ofrecer ayuda material y humana para hacer posible la fundación.
Y ocurrió algo que todavía hoy parece tener algo de leyenda.
Lo que inicialmente sería una escala temporal terminó convirtiéndose en un cambio definitivo de destino. Santa Rosa había logrado convencerlo.
El 3 de octubre de 1894 nació oficialmente la Escuela Apostólica. En 1998 fue declarada Monumento Nacional y Patrimonio Histórico y Artístico de la Nación. Diseñada por Pamploro Prett padre vicentino francés de estilo republicano de la época pero conservando la arquitectura de la zona cafetera.
Los primeros meses fueron modestos. Las actividades comenzaron en una casa local mientras se preparaba una sede más amplia. Pero el entusiasmo colectivo hizo que el proyecto creciera rápidamente.
Los relatos de la época cuentan que la comunidad completa participó en la construcción de la nueva sede ubicada en la colina del Rosario, al sur de la población. Donde hoy funciona aún su sede. Los habitantes transportaban materiales durante largas jornadas atravesando montañas, caminos y quebradas. No existían las facilidades actuales; había que cargar piedra, madera y herramientas prácticamente sobre los hombros.
Lo extraordinario es que aquellas personas sabían que estaban construyendo algo que probablemente ni siquiera alcanzarían a ver completamente terminado.
Pero entendían que algunas obras se levantan pensando en las generaciones futuras.
Con el paso de los años la Escuela Apostólica dejó de ser únicamente un centro de formación religiosa. Se convirtió en uno de los espacios educativos más influyentes de la región. Por sus aulas pasaron jóvenes provenientes del viejo Caldas, del Valle y de distintos departamentos del país. Muchos llegaron buscando el sacerdocio; otros encontraron allí una formación humana y académica que posteriormente los llevó a convertirse en profesionales, dirigentes, docentes y líderes sociales.
Su influencia fue tan grande que algunos la llamaron el “Alma Máter de Caldas”, mientras otros la consideraban una verdadera “Cuna de la Cultura”.
Pero la huella de los Vicentinos no terminó dentro de los salones de clase.
La comunidad comenzó a participar activamente en el desarrollo de Santa Rosa de Cabal. Promovieron asociaciones de ayuda social, impulsaron obras comunitarias y participaron en proyectos fundamentales para el municipio. Uno de los relatos más recordados habla de estudiantes y profesores transportando piedras desde el río San Eugenio para apoyar la construcción del Hospital San Vicente.
También ayudaron en la apertura de calles, apoyaron obras de asistencia y participaron incluso en procesos que impulsaron actividades productivas locales.
Y quizá una de sus obras más visibles apareció años después.
Junto a la Escuela Apostólica se levantó el Santuario de La Medalla Milagrosa.
Lo que muchos habitantes recuerdan como una iglesia independiente realmente nació como una extensión natural del proyecto vicentino. La devoción a la Medalla Milagrosa, profundamente ligada a la congregación desde las apariciones marianas a Santa Catalina Labouré en Francia, terminó convirtiéndose en parte de la identidad espiritual de la ciudad.
Con el tiempo, la Escuela Apostólica, los Padres Vicentinos y La Milagrosa dejaron de ser instituciones separadas. Se transformaron en capítulos de una misma historia.
La historia de una obra que llegó por casualidad, se quedó por decisión colectiva y terminó convirtiéndose en uno de los capítulos más importantes de Santa Rosa de Cabal.
Porque a veces las ciudades cambian cuando construyen carreteras o levantan fábricas.
Y otras veces cambian porque un día decidieron convencer a un viajero de quedarse un poco más.
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