Cuando las calles eran la cancha: bicicletas, triciclos y carros de balineras en la historia de Santa Rosa de Cabal
Durante buena parte del siglo XX, especialmente entre las décadas de 1940 y 1980, las celebraciones cívicas, colegiales y las fiestas de aniversario del municipio incorporaban numerosas actividades deportivas y recreativas que hoy forman parte de la memoria colectiva de varias generaciones de santarrosanos. Las antiguas Fiestas de Fundación, que posteriormente adoptarían el nombre de Fiestas de las Araucarias, no eran únicamente conciertos o eventos protocolarios. Eran verdaderas fiestas populares donde la comunidad participaba activamente en competencias, desfiles y encuentros deportivos.
Entre las actividades más recordadas se encontraban las carreras de bicicletas. En una época en la que el ciclismo era uno de los deportes más admirados del país gracias a las gestas de la Vuelta a Colombia, cientos de niños y jóvenes soñaban con convertirse en los nuevos héroes de las montañas. Las competencias recorrían las calles del centro, rodeaban el parque principal y atravesaban sectores emblemáticos del municipio. Más que simples carreras, eran acontecimientos sociales que reunían familias enteras para animar a los participantes.
Aquellas competencias ayudaron a consolidar una verdadera cultura ciclística en Santa Rosa de Cabal. No resulta casual que décadas después el municipio viera surgir figuras como Álvaro Mejía (El Cometa), quien alcanzó reconocimiento internacional al obtener el tercer lugar en el Tour de Francia de 1993, convirtiéndose en uno de los deportistas más importantes nacidos en la ciudad.
Pero si las bicicletas emocionaban a los adultos y jóvenes, los niños tenían sus propios protagonistas: los triciclos.
Las carreras de triciclos fueron durante años uno de los eventos más esperados de las fiestas municipales. Los pequeños competidores recorrían cortos circuitos alrededor del parque o por calles previamente cerradas al tránsito. Los triciclos eran adornados con banderas, flores, cintas de colores y elementos elaborados por las familias. En muchos casos la competencia terminaba convirtiéndose en una mezcla de desfile infantil y carrera recreativa, donde la alegría importaba más que el resultado final.
Estas actividades reflejaban una época en la que la recreación era profundamente comunitaria. Las familias construían juntas los adornos, acompañaban a los participantes y convertían cada competencia en una celebración colectiva. Los niños aprendían valores como el esfuerzo, la amistad y el juego limpio mientras fortalecían su sentido de pertenencia hacia la ciudad.
Otro de los eventos más recordados por generaciones enteras fueron las carreras de carros de balineras. Construidos artesanalmente con madera, rodamientos, clavos y mucha imaginación, estos vehículos sin motor representaban una de las expresiones más auténticas de la creatividad popular.
Durante las fiestas y celebraciones especiales, las empinadas calles santarrosanas se convertían en pistas improvisadas donde los participantes descendían aprovechando únicamente la gravedad. Cada carro era una obra única. Algunos eran sencillos y funcionales; otros destacaban por sus diseños elaborados, colores llamativos o soluciones ingeniosas para mejorar la velocidad y el control.
La construcción de un carro de balineras era, en sí misma, una actividad comunitaria. Padres, hijos, hermanos y amigos trabajaban juntos durante semanas para preparar el vehículo que competiría en las carreras. Muchas veces el verdadero premio no era ganar, sino participar y mostrar el ingenio desarrollado durante el proceso de construcción.
Estas competencias no solo ofrecían entretenimiento. También cumplían una importante función social. En una época donde existían menos opciones de recreación, el deporte se convirtió en una herramienta de integración comunitaria, formación ciudadana y ocupación saludable del tiempo libre.
Los colegios del municipio, entre ellos el Colegio de Jesús, la Escuela Apostólica y posteriormente las instituciones oficiales, promovían activamente la participación deportiva. Los desfiles atléticos, las competencias ciclísticas, los torneos de fútbol, baloncesto y voleibol, así como las carreras recreativas, hacían parte de la vida cotidiana de la ciudad.
Las fiestas se convertían entonces en el gran escenario donde se encontraban todas esas expresiones deportivas. Las calles dejaban de ser simples vías de circulación para transformarse en espacios de convivencia, encuentro y celebración.
Más allá de los resultados, aquellas carreras de bicicletas, triciclos y carros de balineras representan hoy una parte fundamental del patrimonio inmaterial santarrosano. Son el recuerdo de una época en la que la diversión nacía de la creatividad, la participación y el trabajo colectivo; una época en la que el deporte ayudaba a construir comunidad y en la que las fiestas pertenecían verdaderamente a todos.
Quizás por eso, cuando los santarrosanos mayores observan una fotografía antigua de una carrera alrededor del parque o recuerdan el sonido de las balineras descendiendo por las calles empedradas, no están evocando solamente una competencia deportiva. Están recordando una forma de vivir la ciudad, una manera de relacionarse con los vecinos y una tradición que ayudó a forjar el espíritu cívico y comunitario de Santa Rosa de Cabal.
Porque antes de los grandes espectáculos y los escenarios modernos, la verdadera fiesta estaba en las calles, y los protagonistas eran los propios habitantes del municipio.

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